La dopamina fue durante décadas uno de los fármacos vasoactivos más utilizados en las Unidades de Cuidados Intensivos debido a su capacidad para combinar efectos inotrópicos, cronotrópicos y vasopresores dependientes de la dosis. Su acción sobre receptores dopaminérgicos, β-adrenérgicos y α-adrenérgicos permite modular el gasto cardíaco, la presión arterial y el flujo sanguíneo hacia distintos órganos, convirtiéndola en una herramienta versátil para el tratamiento de diferentes tipos de shock.
Sin embargo, la aparición de nuevos estudios clínicos y la evolución de la evidencia científica han modificado de forma importante su papel en el paciente crítico. Actualmente, la dopamina ha sido desplazada por la noradrenalina como vasopresor de primera línea en el shock séptico debido a su mayor riesgo de arritmias y a la ausencia de beneficios en supervivencia. Del mismo modo, el concepto de “dopamina renal” ha quedado abandonado tras demostrarse que, aunque puede aumentar transitoriamente la diuresis, no protege la función renal ni mejora el pronóstico de los pacientes con lesión renal aguda.
A pesar de ello, la dopamina continúa teniendo indicaciones específicas en situaciones seleccionadas, especialmente en pacientes con shock asociado a bradicardia significativa o cuando se requiere simultáneamente soporte cronotrópico, inotrópico y vasopresor.
En este artículo revisaremos de forma práctica y basada en la fisiopatología su mecanismo de acción, indicaciones actuales, dosis, preparación, efectos adversos y el papel que aún conserva en la Medicina Intensiva moderna.
